Fragilidad, dependencia, cuidado y esperanza desafíos que enfrentamos hoy

 

por Darwin Arturo Muñoz Buitrago*

El mundo enfrenta una de las mayores crisis en la historia reciente con la aparición de la COVID19. Apenas entendemos lo que significa su llegada y la forma como el ser humano se adapta a su embestida para sobrevivir, al buscar desesperadamente cómo controlar la enfermedad. Por otra parte, la llamada sociedad del riesgo mundial, planteada por el pensador Ulrich Beck, se ha hecho patente en esta situación, más cuando la amenaza parece incuantificable, indeterminable, inimputable, pero sobre todo fuera del control de las instituciones que podrían hacerlo (Beck, 1998).

Aunque el riesgo es parte de la vida de los seres humanos y, en parte, su crecimiento depende de la manera como este sea asumido, cuando proviene de elementos externos a nuestra decisión genera más incertidumbre. En este caso, se trata de un virus que ha devenido en lo que Edgar Morin denominó festival de incertidumbres (2020), que entre muchas cosas genera una brecha mayor entre los más y menos vulnerables, y, al mismo tiempo, marca las desigualdades de una sociedad cada día más fragmentada.

Esto ha hecho que el consumo de nuestra sociedad se detenga un instante y la fragilidad y dependencia del ser humano, el cuidado de sí mismo y de los otros como única alternativa para sobrevivir, la esperanza y la posibilidad de convertir la crisis en oportunidad se conviertan en grandes desafíos, entre otros. Este escrito pretende reflexionar acerca de estos retos al intercalar algunas ideas del autor con las propuestas emanadas de las entrevistas realizadas a Astrid Tibocha Niño, Caterine Cedeño Varela, y Edgar Antonio Guarín Ramírez, a quienes agradecemos su tiempo y deferencia para brindarnos sus aportes para la revista Sol de Aquino.

En primer lugar, se analiza el desafío que plantea la condición de vulnerabilidad, fragilidad y dependencia del ser humano, que la pandemia le ha vuelto a recordar. En este sentido, son pertinentes las ideas que plantea Alasdair MacIntyre (2001) cuando refiere que

[…] los seres humanos somos vulnerables y dependientes a una gran cantidad de aflicciones diversas y que la mayoría padece alguna enfermedad grave en uno u otro momento de sus vidas. La forma como cada uno se enfrenta a ello depende solo en una pequeña proporción, de sí mismo. (p. 15)

Sin embargo, se había vendido la idea del éxito y se había puesto la fe en el triunfalismo del mercado (Sandel, 2013), tanto que se tenía cierta seguridad sobre el hecho de que el ser humano lo podía todo, certeza que la pandemia ha dejado con un gran interrogante de una manera abrupta e inesperada.

En diálogo con la exdirectora de la Unidad de Posgrados, Astrid Tibocha Niño, al preguntarle por la situación de fragilidad y dependencia del ser humano en la realidad que vive el mundo hoy, nos refiere:

A los seres humanos nos ha mostrado desnudos, se nos ha mostrado frágiles, se nos ha mostrado evidentemente dependientes de circunstancias, objetos, de lugares, de personas Realmente, yo en particular, veo que esa fragilidad es absoluta y es la única verdad que tenemos clara, es que somos frágiles al grado sumo y que estamos absolutamente apegados a diferentes circunstancias que para nosotros terminan siendo importantes y complejas a la vez. Circunstancias que nos obligan, por ejemplo, a separarnos de nuestros seres queridos, a separarnos de nuestros espacios queridos, de las cuales desarrollamos un nexo y una fidelidad tan importante como a nuestros compañeros de trabajo, que, sin lugar a duda, lo digo porque lo creo y porque en mi vida siempre ha sido así. Muy probablemente encontramos hermanos de vida en ese camino laboral que trazamos todos los días y nos hace tanta falta encontrarnos con esos hermanos, y encontrarnos con esos amigos que se vuelven una porción fundamental de nuestra vida, algo así como respirar. Y cuando nos hace falta encontrarnos con ellos realmente sentimos que estamos desarraigados, que estamos abandonados, que estamos en una orfandad profunda y por eso la fragilidad la veo total, la veo rampante, la veo en mí, la veo en mis colegas, en mis colaboradoras, en mi grupo de trabajo. Así como yo te decía ahorita, que maravilla poder verte así sea a través de esta pantalla, que resulta circunscribiendo solo un pequeño rectángulo, pero creo que el afecto pasa a través de eso y que podemos abrazar a la gente a través de esa pequeña pantalla. Pero realmente no sentir la cercanía, no sentir el afecto, el calor del otro, a mi si me parece que nos muestra en total orfandad y en total fragilidad y apego. (A. Tibocha Niño, comunicación personal, 5 de junio de 2020)

De acuerdo con esto, la fragilidad y la dependencia se nos muestran en estas circunstancias particulares en una doble vía; por una parte, nos muestran frágiles y dependientes, pero, por otro lado, allí radica también nuestra grandeza, pues, aunque deseemos crecer solos y ser absolutamente independientes, nos hace falta el cariño, el apretón de manos y el abrazo que nos brindan los demás.

Sobre la fragilidad de la vida, numerosos estudios, tanto en el campo de las ciencias, de la biología o la ecología, como de la filosofía y la psicología (Punset, 2011), muestran que la vida, en este caso la vida humana, comenzó a ser viable cuando se constituyó como parte de una asociación en red. En la base de este enfoque se encuentra el concepto de interdependencia constructiva (Martin-Fiorino, 2019), que tanto desde la experiencia de la evolución de la humanidad como desde las consideraciones sociales, éticas y políticas, muestra que la continuidad del desarrollo humano se encuentra en el reconocimiento de la fragilidad y en su abordaje desde la asociatividad. Ello constituye, por una parte, un fundamento importante para pensar y practicar responsablemente la convivencia y, por otra parte, una herramienta decisiva para abordar situaciones de emergencia como la representada por la COVID-19, fundada en la corresponsabilidad, la reciprocidad y el cuidado mutuo.

Ahora bien, como nos lo recuerda muy bien el Dr. Guarín, en el ser humano además de carne hay espíritu. El ser humano, dice él:

Tiene una doble condición: biológica y espiritual. La primera de ellas lo hace parte de la materia y, por lo tanto, limitado; la segunda, le da la posibilidad de trascender dicha materia. La enfermedad y la muerte son muestra de esa condición de limitación, fragilidad y dependencia de todos los seres humanos, sin distingos de raza, sexo o condición social. Esta es una oportunidad para que la humanidad tome conciencia de que, si no buscamos lo que trasciende, nuestra vida se consumirá en la limitación y en la miseria que representa la impotencia frente a fenómenos como el del COVID-19. (E. Guarín Ramírez , comunicación personal, 5 de junio de 2020)

Así pues, la condición de transcendencia se convierte, junto a la alteridad, en un aspecto basilar cuando la única alternativa posible es sobrevivir. El ser humano no es solo inmanencia, sea cual sea su creencia, tiene una dimensión espiritual que le permite avanzar y sobreponerse a las crisis, más cuando se considera imago dei. Ahora bien, esta dimensión de transcendencia, no se da en una relación vertical de un yo con un tú trascedente, sino que refiere al nosotros, al ámbito de la comunidad.

El reconocimiento de la fragilidad supone un encuentro con la realidad ineludible de la supervivencia y ésta gira en torno a las externalidades de la vida de las personas, es decir, depende de las afectaciones y muestra la finitud de la existencia. El resultado de la afectación, si la persona se limita al plano de la inmanencia, es la progresiva pérdida de la autonomía y el sentido de la vida propia, la cual pasa a ser determinada por factores externos y genera una relación de dependencia y deshumanización al no poder elegir y realizar un proyecto de vida valioso.

Solo en la apertura a la dimensión espiritual puede darse un progresivo camino de recuperación de lo humano, mediante una mayor posibilidad de elegir y ejercer la autonomía relativa en la interdependencia con el otro de la convivencia y con el Otro absoluto de la espiritualidad. Ello supone replantear el tema de la inteligencia espiritual que, sin ser una más de las inteligencias múltiples, es aquella que da sentido a todas las inteligencias (Martín Fiorino, 2020) y también replantear las bases del cuidado mutuo fundado en la práctica de la fraternidad, que parte del reconocimiento de la radical filialidad de los humanos.

En consonancia con esto,

la fragilidad y la dependencia son dos condiciones diferentes pero que se interrelacionan entre sí: el ser humano es más frágil y más dependiente de lo que cree, pensamos equivocadamente que solo los niños son vulnerables y requieren la compañía y protección constante para poder sobrevivir, sin embargo situaciones como la que estamos atravesando en este momento, nos hacen comprender que la vida es corta, que el ser humano está expuesto incluso a condiciones que no ve, que no puede palpar, a enemigos invisibles que sin imaginarlo modifican el curso de lo que se planea, sin siquiera permitirnos imaginarlo. Es acá y ahora que necesitamos mucho más del otro para avanzar, para compartir, para acompañar y para entender que solo junto al otro podemos salir de este momento tan complejo para toda la humanidad. (C. Cedeño Varela, comunicación personal, 5 de junio de 2020)

Así, la alteridad se convierte en un factor fundamental sobre el que gira la posibilidad del ser humano para avanzar y sobreponerse a su propia fragilidad y dependencia. Desde que comenzó a tomar su identidad como Homo sapiens ha sido vital en su desarrollo evolutivo la conexión que tenga con el otro, ya que no le ha sido posible sobrevivir solo. Por ello, en medio de la situación que nos pone en riesgo y genera miedo e incertidumbre, la primera luz que aparece está directamente relacionada con la corresponsabilidad que tenemos los unos con los otros.

A partir de esto, se conecta la segunda categoría de análisis que se quiere proponer en esta corta reflexión: el cuidado de sí mismo y el cuidado del otro. De acuerdo con lo que se viene planteando sobre la alteridad, una segunda dimensión que se convierte en reto en el mundo de hoy es la del cuidado. Ya desde los griegos se encuentra referenciada la preocupación por sí mismo, tal como lo presenta Foucault (2011):

se trata, en primer lugar, de una actitud general, una manera determinada de considerar las cosas, de estar en el mundo, realizar acciones, tener relaciones con el prójimo. La epimeleia heautou es una actitud: con respecto a sí mismo, con respecto a los otros, con respecto al mundo. En segundo lugar; la epimeleia heautou es también una manera determinada de atención, de mirada. (pp. 28-29)

Así, la actitud del cuidado marca un punto de partida centrado en la recuperación de la capacidad de valorar y responsabilizarnos de nosotros mismos, de los demás y de lo común, tanto en lo social y cultural como en lo referido a la “Casa común”. El deterioro de la vida se da, en primer término, por el nivel de afectación ambiental producido por las economías insostenibles, pero también por el deterioro de la convivencia, producto de fanatismos y autoritarismos. El cuidado, en su doble significado de “curar” y de “hacerse cargo” (Martin-Fiorino, 2020), supone no solo el mirar objetivo del entendimiento y de la descripción y las estadísticas, sino también el ver al otro en su afectación, en su sufrimiento; en su condición de vulnerable y en la experiencia real de la vulneración de su integridad. El cuidado mutuo se deriva del estar atento (cuidar: estar atento) a la afectación del otro —persona, sociedad y mundo—, desde el reconocimiento de la alteridad y el deber de la solidaridad.

Este reto se hizo patente con la realidad que emerge a partir de la COVID-19, pues la actitud y la mirada frente a sí mismo y a los otros marca la diferencia entre seguir o parar y nos inquiere sobre aspectos que la carrera de la sociedad de consumo no había permitido preguntarnos. Nos posibilita reflexionar sobre ¿cuáles serían los elementos que ayudan al cuidado de las personas referidos a su corporalidad y a su salud mental?

Un acercamiento a una respuesta la brinda el doctor Guarín señalando que

A la base de los elementos está el hecho de la corporeidad humana, término que indica que no solamente tenemos cuerpo, sino que somos nuestro cuerpo debido a que no hay espíritu sin realidad corporal. Por eso, el cuerpo, como campo de expresión, principio de instrumentalidad y medio de presencia en el mundo, reviste particular importancia para el ser humano. Sobre esta premisa, a mi juicio, los elementos que pueden ayudar a este cuidado del cuerpo y de la mente son: la sana alimentación, el ejercicio, el estudio, la realización de actividades lúdicas que las personas disfruten y, muy especialmente, una vida de alteridad bien llevada, en donde la dinámica no sea únicamente el tolerar al otro, sino reconocerlo como otro, respetarlo y amarlo. (E. Guarín Ramírez, comunicación personal, 5 de junio de 2020)

De esta manera, el hecho de cambiar de actitud y volver la mirada implica dos elementos muy queridos a la tradición cristiana, el respeto y el amor. En primera medida por sí mismo y en un segundo momento para poder brindarle al otro. Como bien lo propone Astrid Tibocha, en su respuesta a esta misma inquietud:

El autocuidado es reconocer que hay espacios, espacios para trabajar, espacios para hacer, espacios para sentir, espacios para amar, espacios no tanto de lo físico que tú te puedas rodear, sino de espacios que están en tu cabeza y en tu corazón. Y ahí va la segunda parte, mentalmente como me cuido, estableciendo unas estructuras claras en mi cabeza para que no se me confunda una cosa con la otra. (A. Tibocha Niño, comunicación personal, 5 de junio de 2020)

Se reconoce así la capacidad de distinguir los espacios como un elemento que conlleva al cuidado de sí mismo. Además de insistir nuevamente en reconocerse para amarse como condición sine qua non, para luego amar al otro, cuidar del otro.

Por otro lado Catherine Cedeño, propone que

Para hablar de los cuidados de la salud mental son muchas las aristas que se deben contemplar, para mantenernos estables, en un mundo con altos niveles de incertidumbre, solo por nombrar algunos de los más importantes tenemos: establecer relaciones con personas optimistas que aporten a nuestra vida, evitar saturarnos con información pesimista que abunda en los medios de comunicación, mantener la esperanza en un mañana mejor, evitar pensamientos desalentadores, no dejar que la tristeza nos gane terreno y lo más importante aferrarnos con fe al ser superior que nos llena de fuerza para aceptar lo que estamos viviendo y transformar lo que podamos cambiar. (C. Cedeño Varela, comunicación personal, 5 de junio de 2020)

Esto significa que, el cuidado como reto de la actual situación va acompañando de otro no menos significativo: la esperanza. Por ello, las últimas preguntas que se plantea en este escrito son: ¿cómo se ha vivido esta crisis? y ¿qué aspectos ayudarían a no perder la esperanza y aprovecharla como una oportunidad? Una respuesta precisa es dada por el doctor Guarín:

La crisis se ha vivido con realismo, paciencia y esperanza. Realismo, por cuanto es una situación que sale de nuestro control […], paciencia, por cuanto es en las situaciones límites en donde debe florecer la paz del espíritu que solamente se puede conseguir con una vida espiritual bien llevada; y esperanza, toda vez que sabemos que, tarde o temprano, superaremos este momento y lo recordaremos como algo histórico y que, de la mano del creador, no sucumbiremos en él. A mi juicio, la manera de no perder la esperanza tiene que estar referida a lo espiritual… Esperanza —estar cierto del camino por que se trasiega— es un don de Dios y es el producto de la fe y del amor, que también son virtudes teologales: solamente Dios sacia todos los deseos y aspiraciones humanas: él es la verdadera esperanza. (E. Guarín Ramírez, comunicación personal, 5 de junio de 2020)

En efecto, no se trata de falsear la realidad, sino de vivirla como esta acontece, pero sin perder la referencia al creador, lo cual no sería algo distinto si fuesen otras las circunstancias que estuviesen pasando, si estuviéramos en la “normalidad”. Así, la esperanza, según lo propuesto anteriormente, está intrínsecamente unida a la dimensión espiritual, en otras palabras, si mantenemos vivo el espíritu no se apagará la llama de la esperanza.

El enfoque del cuidado de la vida en todas sus dimensiones ha dado lugar a propuestas que sitúan el cuidado en su fundamento bioético, en el sentido de no solo conocer y respetar la vida, sino también valorarla y proyectarla en la esperanza de su transformación gracias al compromiso de corresponsabilidad de las personas y las instituciones. Todo ello, recogiendo los desafíos planteados por el papa Francisco, ha permitido hablar de una “Bioética de la Esperanza” (Rosas Jiménez, 2017).

En una reflexión final, la pregunta gira en torno a la esperanza desde la perspectiva institucional y ante la incertidumbre de cómo convertir la crisis en oportunidad. Por ello, junto a la doctora Astrid, se presenta ahora la experiencia que se ha vivido en la Dirección Académica de la Unidad de Posgrados de la Universidad Santo Tomás, sede Bogotá, con sus palabras nos dice:

Los posgrados, per se, son estructuras académicas muy distintas a los pregrados, muy diferentes, para empezar su concepción es distinta, sus estudiantes son diferentes, sus docentes deben tener competencias distintas, sus directivos deben tener competencias diferentes y de hecho impactan espacios distintos a nivel social, económico, político. Un estudiante de posgrado tiene una línea diferente de impacto en su grupo social y humano. Entonces en esa perspectiva es que hemos venido manejando los posgrados. (A. Tibocha Niño, comunicación personal, 5 de junio de 2020)

En ese mismo sentido, la doctora Caterine nos dice:

Desde la Coordinación de Posgrados resalta el compromiso que ha visto por parte de cada uno de los profesionales que han hecho posible la continuidad de los estudiantes que están en proceso de formación posgradual de la usta, lo que hace ver el panorama con esperanza, pues si bien es indudable que esta pandemia traerá repercusiones económicas y sociales que posiblemente impacten las matrículas, será el deseo de mejorar, de cumplir retos y de finalizar procesos lo que hará que podamos continuar brindando la educación de calidad por la que trabajamos. (C. Cedeño Varela, comunicación personal, 5 de junio de 2020

De esta manera, los desafíos planteados en este escrito se dan en el ámbito personal, familiar y social, pero también hacen parte del entorno institucional. Es así como los posgrados no están ajenos a estos retos y deben enfrentarlos con ahínco con el ánimo de continuar dando lo mejor para ofrecer la educación de calidad que les caracteriza.

Por su parte, el Departamento de Humanidades y Formación Integral aporta desde la Cátedra institucional: humanismo, sociedad y ética una reflexión inspirada en el humanismo cristiano tomista, la cual propenda porque los principios de la justicia social, el bien común y la dignidad humana sean parte de los elementos configuradores del cuidado y que permitan al ser humano no solo sobrevivir, sino vivir y vivir bien. Así como no perder la esperanza en que vamos a salir de la crisis, no para volver a ser los mismos en las mismas, sino para aportar en la construcción de un mundo mejor (Muñoz Buitrago, 2012).

A modo de conclusión, la fragilidad y la dependencia del ser humano han sido parte de su desarrollo evolutivo, sin embargo, en ocasiones esto se olvida, más cuando se pone la fe en un desarrollo industrial basado en una sociedad de consumo o se está inmerso en la era del triunfalismo del mercado (Sandel, 2013). Es así como una situación repentina solo lo pone de presente, aunque sea de una manera abrupta e imprevista.

La situación actual de aislamiento preventivo paraliza la vida social, deteriora la economía, pone en juego la manera ser y de hacer a la que se está acostumbrando, lleva al ser humano al estado primario donde la lucha por la supervivencia se convierte en una alternativa de la cual pocos pueden sustraerse. No importa, raza, religión, condición social la amenaza parece estar patente alrededor. Obligado a parar, reflexionar y repensar su condición, el ser humano vuelve la mirada a sí mismo, para encontrarse paradójicamente que depende del otro, del cuidado del otro, donde su propio cuidado, el cuidado de sí, solo es efectivo si es con el tú y para el tú en el nosotros.

Además, sin referencia al Otro trascendente el ser humano con dificultad encontrará el sentido que le permita continuar; es allí donde una vez más se da cuenta que aun siendo frágil en su carne, puede aferrarse a su espíritu y tomar fuerzas para que el sentido de la vida no se diluya en la incertidumbre del desconocido sin rostro, que puede llevarle incluso a la muerte. Eso sí comprendiendo que la relación con el Otro se da primero en la relación consigo mismo y con el otro, es decir, que, para poder avanzar, superar la crisis y salir avanti el camino se da en el mutuo cuidado desde el nosotros, en el sentido más profundo de la salvación cristiana que se da en la comunidad. Esa es la razón de nuestra esperanza.

Referencias
Beck, U. (1998). La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Paidós.
Foucault, M. (2011). La hermenéutica del sujeto. Fondo de Cultura Económica.
MacIntyre, A. (2001). Animales racionales y dependientes. Por qué los seres humanos necesitamos de las virtudes. Paidós.
Martín Fiorino, V. (2020). Fundamentos del cuidado mutuo. En Materiales del Seminario Internacional de Mutuo cuidado (pp. 1-15). Universidad Católica de Colombia.
Morin, E. (2020, 21 de abril). Tracts de crise. (E. Gallimard, Ed.). https://tracts.gallimard.fr/fr/products/tracts-de-crise-n-54-un-festival-d-incertitudes
Muñoz Buitrago, D. A. (2012). Ética, Política y Conflicto. Propuestas para la Construcción de una nueva Humanidad. Ciencias de Gobierno, 5(1), 1-12.
Punset, E. (2011). Excusas para no pensar: cómo nos enfrentamos a las incertidumbres de nuestra vida. Destino.
Rosas Jiménez, C. (2017). Bioética de la Esperanza: claves desde la Laudato Sí. Perseitas, 4(2), 185-201. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5506185
Sandel, M. (2013). Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado. Debate.

*Darwin Arturo Muñoz Buitrago es docente de la Unidad de Posgrados de la Universidad Santo Tomás. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla..

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Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la Universidad Santo Tomás.
Revista Sol de Aquino. ISSN 2744-8487 (En línea) Número 19 (enero-junio de 2021)

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Sol de Aquino

Es una publicación interdisciplinar de carácter divulgativo, que nace en el año 2003 y tiene como propósito visibilizar ante la comunidad tomasina y la población en general, las experiencias derivadas de las actividades universitarias de la USTA y ligadas a las reflexiones sobre Sociedad y Ambiente.

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