La Iglesia que peregrina en la calle. Sistematización de prácticas educativas con habitantes de calle

por Johan Nieto ** y Carlos Pinto-López ***

Este artículo tiene como objetivo presentar la sistematización de experiencias que realizaron los autores para reconocer los saberes pedagógicos emergentes de quienes han participado en la peregrinación en las calles (Santamaría-Rodríguez, et al., 2020; Nieto y Santamaría, 2020). Dos ejes centrales surgieron de la experiencia, en primer lugar, un proceso educativo que ha garantizado el acompañamiento a esta población desde la perspectiva del desarrollo humano; y, en segundo lugar, el reconocimiento de la fraternidad cristiana cuya responsabilidad es el acto de confrontar, como principio rector de la ética del cuidado con aquellos que han denominado "hermanos de la calle".

La vida de los habitantes de calle transcurre en medio de la cotidianidad de la ciudad y se reconoce el espacio público como el escenario en el que se entrecruza una polifonía de historias que sintetizan el producto de un modelo de desarrollo monetarista, capaz de instrumentalizar al sujeto humano hasta el punto de llevarlo a la pérdida total del vínculo familiar, haciendo de la calle un lugar de peregrinaje y un espacio vital (Nieto y Rodríguez, 2017). Estas personas transitan en medio de la cotidianidad avalada por un contrato social que las excluye de los cánones de ciudadanía (Nieto y Rodríguez, 2015; Nieto y Pardo, 2018), motivo por el cual su identidad, historia y memoria se reducen al anonimato.

Los modelos económicos centrados en el crecimiento del capital como medición de desarrollo no han solucionado la problemática de pobreza, marginalidad y fragmentación que viven muchos pobladores en América Latina; por el contrario, dicha perspectiva acentuó la brecha social aumento las condiciones de vulnerabilidad y exclusión (Nussbaum, 2012), que tocan a la puerta de todos los grupos sociales, al demostrarse que la promesa de bienestar material presentado por el monetarismo posibilita el individualismo que deja a la persona a merced de problemáticas que van desde la degeneración física y las adicciones, hasta la soledad y el sinsentido por la existencia. Los habitantes de calle son una “población de niños, jóvenes, adultos, ancianos y familias [...] que sin distinción de edad, sexo, raza, estado civil, condiciones sociales, mental u oficio,

La calle trasciende la lógica del lugar habitado, para constituirse en el escenario donde se ritualiza la cotidianidad, es decir que el territorio rompe el estereotipo de la frontera sedentaria considerada condición gestante del proceso de civilización, para dar paso a un peregrinar nómada; por ello “la vida en las calles de las ciudades quedó asociada por sí misma a patologías tanto personales como sociales” (Correa, 2007, p. 41), y sus habitantes se consideran masas anómalas y un eminente peligro social.

La huella de la violencia estructural ha generado una comprensión marginal del habitante de calle, el cual está ligada a un desarraigo social y la pérdida de su propia identidad; aunque la calle es su casa, aunque se sienten extranjeros en su propio hogar y por ende asumen la imposibilidad de encajar en cualquier estructura social, obedecer a un estereotipo o cumplir una norma distinta a la de estar en un eterno presente, donde la línea entre vida y muerte es una lucha cotidiana, un reto por sobrevivir el hoy.

La desafiliación de las relaciones comunitarias convencionales como son la familia, los amigos, el trabajo, entre otras, los lleva a establecer una nueva red relacional, que se constituye en forma de protección, sin embargo, carece de estabilidad y apoyo, en cuanto está compuesta por personas que requieren satisfacer las mismas necesidades humanas fundamentales. En este contexto problémico, el Centro Ambulatorio Medalla Milagrosa, en adelante CAMM, desarrolla una práctica educativa de acompañamiento y dignificación de esta población. Nace en medio de una experiencia pastoral venida de la espiritualidad vicentina de las Hijas de la Caridad, liderada por sor Noemí Sánchez, quien es reconocida en el mundo de la calle con el título de mamá.

La característica central de esta experiencia es que reconoce al habitante de calle como un hermano, por lo cual le ofrece, en medio de su peregrinar, una forma de filiación gradual a una comunidad terapéutica cuya centralidad no está en sacarle de la calle, sino en dignificar su habitanza de calle y progresivamente, desde una decisión de libertad, generar un nuevo arraigo comunitario que potencia su desarrollo y su reintegración social. La práctica se da desde un proceso educativo-pastoral que consta de tres etapas.

La primera etapa es la de brigadas nocturnas. Consiste en salir al encuentro, es decir, conocer a los sujetos desde la calle. Dicha etapa realiza derivas por el territorio, diálogos con la población y una presencia permanente que constituye a los educadores del CAMM como un referente de confianza y escucha en medio de un ambiente que de suyo es hostil.

La segunda es la etapa del ambulatorio y la inclusión social. En esta estapa los habitantes de calle encuentran un hogar, es decir, un refugio seguro en el que se pueden alimentar, bañar y pasar un tiempo de encuentro con otros. El ambulatorio está abierto de lunes a sábado, y se ha convertido en un lugar icónico; así lo describe uno de sus usuarios que llega allí desde hace quince años: “todos los días vengo acá, porque descubrí que se podía estar bien, sin meter bareto. Aquí es el único lado donde puedo reírme y en donde se me acercan sin miedo o asco. Oramos, hacemos juegos, comemos, la hermana nos trata muy bien. Vengo todos los días pa acá porque aquí me siento como más vivo ”(Comunicación Personal, 2019, HnoS1Am). Este ciclo le permite comprender al hermano de la calle que, independientemente de la condición de vida que tenga,

El tercer escenario es denominado comunidad en diálogo. Esta experiencia terapéutica nace en Italia y es traída por sor Noemí a Colombia. Es una fase residencial que se puede sintetizar en dos palabras: “amor exigente”. Una experiencia comunitaria de acogida, en donde el hermano de la calle decide por voluntad propia reconocer las problemáticas que tiene y darse la oportunidad de empezar a solucionarlas en un ambiente distinto a la calle, allí convivirá con otras personas que tienen búsquedas semejantes. El centro de esta fase se encuentra en la vida comunitaria y en la práctica del enfrentamiento, el cual se caracteriza por ser una forma de regulación y crecimiento mutuo; se ama y se autorregula la vida en la medida en que confronto al otro y permito que me confronten.

El aporte de la experiencia educativa y pastoral del CAMM al proceso de reflexividad práctica con esta población es la emergencia de un saber cuyo enfoque es humanista, espiritual, pedagógico y terapéutico. El foco del proceso se encuentra en el reconocimiento de la habitanza de calle como una realidad cultural frente al cual no tiene cabida la indiferencia; y como un reto eclesial que reconoce en el hermano de la calle un cristo sufriente a quien se acoge y se cuida, como forma de consolidar una caridad eficiente que posibilita el desarrollo humano y la construcción reflexiva del sujeto desde el campo de la educación (Nieto y Pérez, 2020; Pinto y Nieto, 2020; Pérez et al, 2020).

En tal sentido, la pertenencia a un sujeto común que peregrina en las distintas realidades del mundo no ha de comprenderse distante del mismo, sino en una unidad tan íntima que “Los gozos y las esperanzas, las alegrías y tristezas de los hombres de nuestro tiempo hijo, a su vez, los gozos, esperanzas, alegrías y tristezas de los apóstoles del Señor Jesucristo ”(GS 1). Esta expresión de la hermandad humana simboliza, en cuanto hace real, la comunión de quienes pertenecen al cuerpo místico de Cristo (Iglesia) (LG 8), en cuanto organismo viviente expresado en la responsabilidad propia del mutuo cuidado y del trabajo de sanación de las Heridas causadas por el peso de una estructura que tiende al descarte.

Es una apuesta radical por el Reino, una cierta unidad con el proyecto de Jesús que, en una mirada acertada pero reduccionista, podría presentarse desde la exclusividad al servicio de los marginados; con todo, la lectura de esta experiencia debe pasar por el multiestrato (Rupnik, 2015), en donde, en su accionar más básico, asiste a la población vulnerable, pero también trasciende la dinámica del asistencialismo para construir un desarrollo humano mutualista del que se beneficia el hermano de la calle y también quien le ayuda. En tal sentido, la opción preferencial no debería estar puesta en los pobres, como si fueran un objeto sobre el cual recae la acción social (Benedicto XVI, 2007), sino en la sintonía con el proyecto expresado por Jesús en el Evangelio, de modo que la condición de pobreza también recae en quienes agencian esta experiencia,

Salir al encuentro de lo humano, especialmente en sus condiciones más vulneradas, constituye uno de los rasgos fundamentales del espíritu cristiano; no en vano la tradición bíblica abunda en imágenes del Dios parcializado por huérfanos y viudas (Sal 10, 18. 146, 9. Os 14, 3), como aquel que sana las heridas del camino en quienes se han perdido (Lc 15, Jn 10). De este modo, el rasgo identitario de la misericordia se reconoce en las apuestas por causas que se creen perdidas y por amores imposibles, ante los cuales no parece haber otro camino que el de dar en exceso, pues solo en las luchas a fondo perdido, en el don sin el equilibrio de la contraprestación en que se espera mantener la igualdad entre las partes, se encuentra la salvación (Martini, 2018), la cual es concreción histórica del reino que se hace acto y promesa,

La labor de la USTA, como un colectivo académico que aporta a la reflexividad de la sociedad colombiana, ha permitido generar un proceso de investigación con pertinencia social, que problematiza el ethosde la educación y la práctica eclesial, propiciando con ello la emergencia de una reflexión teológica y pedagógica encarnada en las luchas cotidianas de quienes viven como propia la realidad de la calle. La experiencia del CAMM y las historias de vida sistematizadas han constatado que los caminos de dignificación humana no se evalúan por índices de medición representativa, sino por horizontes de trabajo particular donde la subjetividad, el rostro y, en algunas ocasiones, el nombre de un habitante de calle, pueden ser recuperados y retornados a sus familias ya la sociedad. La acción eclesial del CAMM reconoce que “Amar al que sufre es decirle que no muera, y amarlo en Cristo, es darle una Resurrección” (Comunicación Personal, 2019, sor Nohemí Sánchez),

Notas
* El presente artículo es producto de la investigación Fodein-USTA de la convocatoria 14 de 2019. El proyecto, a su vez, se deriva del trabajo conjunto, de más de dos décadas, de la Universidad Santo Tomás y el Centro Ambulatorio Medalla Milagrosa , que lideran un proceso educativo de dignificación del habitante de calle en la ciudad de Bogotá.

Referencias
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Correa, M. (2007). La otra ciudad-otros sujetos: los habitantes de calle. Trabajo social, 9, 37-56.
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** Doctorando en Educación, Universidad Católica de Córdoba; magíster en Educación; licenciado en Filosofía; docente investigador Facultad de Educación USTA. Investigador del Instituto Iberoamericano de la Haya Equipo de Teología. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla. , Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla. ; Orcid: https://orcid.org/0000-0002-8608-8511
*** Doctorando en Educación, Universidad Católica de Córdoba. Magíster en Educación. Teólogo; coordinador de la Licenciatura en Teología y la Licenciatura en Educación Religiosa de la USTA. Investigador del Instituto Iberoamericano de La Haya, coordinador equipo de Teología. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla. ; Orcid:https://orcid.org/0000-0003-3571-7258

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Revista Sol de Aquino. ISSN 2744-8487 (En línea) Número 20 (julio-diciembre de 2021)

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Es una publicación interdisciplinar de carácter divulgativo, que nace en el año 2003 y tiene como propósito visibilizar ante la comunidad tomasina y la población en general, las experiencias derivadas de las actividades universitarias de la USTA y ligadas a las reflexiones sobre Sociedad y Ambiente.

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