Vidas literarias

por Laura Vivianne Bermúdez Franco*, Melissa Rojas** y Elver Beltrán***

Primer encuentro

Laura: Es difícil encontrar el momento preciso en que uno cruza aquella línea que lleva de la literatura a la realidad y de la realidad a otros mundos. Muchos Hace años tuve la suerte de que mis maestros del colegio me ayudaron a comprender parte de la complejidad que implica ser humano. Debo confesar que en aquella época poco leía, pues, now lo sé, no había comprendido que la literatura era la reunión de muchas vidas contadas de diferentes maneras. Incluso, podría decir que es la vida propia, contada por otros que se escuchan y al escucharse y narrarse nos hablan de lo que somos.Podría aventurarme a decir que aquel acto de cruzar línea se ubica en mis años universitarios, sí, justo en los momentos en que uno siente que por fin ha llegado la vida y por eso le puede poner nombre y forma y color. No sé si hubo algo especial que me vinculara con la lectura y mucho menos que me llevara a intentar escribir. Tampoco puedo decir que un día me levanté viendo pájaros volar entre las letras. Solo puedo comentar, por ahora, que fue la vida hecha vida la que me vínculo con pequeños fragmentos de las palabras que uno jamás diría, pero que ciertamente ha pensado y sentido.

Melissa: Empecé a leer literatura cuando estaba más o menos en noveno de primaria. A los catorce años ya estaba cansada de las novelas que aparecían en televisión; recuerdo vagamente que, cuando llegaba temprano al salón de clase, las niñas siempre se juntaban a hablar de la trama del capítulo de la noche anterior. Quién diría que empezaría a leer mis primeras líneas cuando cambie de un colegio privado a uno público.

Una de mis primeras lecturas me llamó la atención por la frase que traía en la portada, “un juramento sagrado, un ángel caído, un amor prohibido”, no quiero ahondar mucho en el tema, aún me avergüenzan los gustos de preadolescente que tenía por esas épocas. Por el mismo tiempo tuve a mi primera mejor amiga, podría decir que ella fue mi antes y después de la persona que soy ahora; siendo sincera, cuando la observaba a lo lejos en el salón de clase me irritaba, no podía comprender cómo podía ser tan alegre y honesta con lo que pensaba, era todo lo contrario a lo que podía ser yo, quien siempre se buscaba eligiendo el color del ladrillo que pondría en el próximo muro.

Con la ausencia de mi padre, quien en ese momento se encontró salida hospitalizado, y mi madre en el trabajo, empezamos a irnos juntas a la del colegio. A pasar tiempo en las tardes. A compartir gustos. A ir al teatro. Empezó a darme la mano cuando el infierno se había desatado los sábados por la noche en mi casa. Recuerdo una frase china que decía que las personas son como las flores, porque siempre aparecen en las circunstancias de las personas; y así era ella, tan premonitoria de desgracias, como cuando llevan rosas blancas a un velorio, o tan maravillosa, como cuando te regalan rosas rojas con chocolates. Cuando dejó de hablarme sin ningún motivo las flores no llegaron, sino que empezaron a florecer en mi mundo.Devastada busque refugio en la letra de las canciones de una banda japonesa; era gracioso porque nunca me había interesado por el metal alternativo ni nada por el estilo. Pensaba en toda esa letra llena de frases negativas y en todo ese odio hacia uno mismo, todos esos gritos, todos esos “ruidos” mezclados unos con otros creando la vigorosa melodía y de repente me di cuenta de que había vivido con una depresión que no conocía (que aún no conozco); pero también, graciosamente, eso no me echo más para atrás, sino que me empujó fuera del abismo.

Cautivada por el nuevo mundo de letras que había empezado a conocer, me adentre en los pesares y la soledad de los escritores japoneses. Y ¿por qué japoneses ?, Porque sintió que quizá, tanto ellos como yo, habíamos compartido vidas marcadas por el dolor y la incomprensión. De lectura en lectura conocí al escritor Haruki Murakami y quedé prendada. Como él mismo lo mencionó en uno de sus libros “por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaban de comprender las cosas hasta que las ponen por escrito ”(Murakami, 2005); esa era la cuerda que no me ayudaría a ahorcarme sino a salir del hueco. Así fue como llena de admiración y pasión conocí a mi primer amor y empecé a escribir mis propias letras.

Élver: Crecí en una vereda del municipio de Subachoque. Allí lo más cercano a la literatura eran las enciclopedias y biblias que estaban en ese cuarto de dos estantes llamado biblioteca. Sin embargo, puedo decir que fue hasta 2009 que mi vida literaria realmente comenzó. En ese periodo hubo cambio de rector en mi colegio, un señor alto de cabello negro y expresión seria, siempre de traje y muy bien hablado llevó al colegio una serie de changes importantes, se reestructuraron las asignaturas y el mundo de los libros arribó en los salones;obras como Verónica decide morir, Opio en las nubes, El retrato de Dorian Gray y Soy el número cuatro fueron quienes me guiaron mientras terminaba mi bachillerato, me regalaron la habilidad de compresión lectora, me enseñaron lo fuerte y necesario que son las palabras en nuestras vidas.

Acompañado del gusto por la lectura venían unas tímidas ganas de hacer lo que los autores de las obras que leía hacían, plasmar sus visiones del mundo por escrito, ordenar mis ideas y entrar en estado de iluminación como decía Charles Du Bos, pasar de lo confuso a lo lúdico y de lo infuso a lo trascendental. Al final nunca tomé la iniciativa por miedo a fallar en el intento.
En el grado once participe activamente en los ejercicios de escritura crítica propuestos en la cátedra de filosofía acerca de problemáticas sociales o sobre las visiones de algunas películas controvertidas, esos ejercicios me dieron las herramientas para familiarizarme con los signos de puntuación, a comprender la importancia de una tilde ya no subestimar un punto y coma.

El fin de 2016 se llevaría consigo toda la tranquilidad de un joven bachiller, y el 2017 traería consigo las preocupaciones que atañen haber salido de esa etapa. Me sentí muy confundido, la manera de poder estudiar y hacer algo diferente de lo que se acostumbra a hacer en el pueblo era saliendo de él. El vacío que sentí al dejar a mi mamá no es fácil de describir, pero se matizaba con la alegría de hacer algo diferente. Así fue como empecé la universidad, dejé a un lado mis miedos escolares y me abalancé a un mundo de nuevas experiencias, conocí muchas personas, me percaté de nuevas maneras de ver el mundo;aprendí, me enamoré, lloré, reí, experimenté innumerables emociones que me llevaron a querer plasmarlas, a inmortalizarlas en un papel ya guardarlas para mí como memoria de lo que algún día fue.

Segundo encuentro

Élver: Es difícil para mí identificar el momento exacto en que comencé a escribir. Creo que hay momentos de nuestra vida en que simplemente no somos conscientes de los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor hasta que pasa algo que nos empuja de nuestro pequeño mundo y nos hace dar cuenta de que hay algo que estamos pasando por alto; es algo así como enamorarse. Al principio tú solo te estás dejando llevar por las situaciones que acontecen en ese momento, pero no es hasta cuando empiezas a extrañar a esa persona, que no puedes sacarla de la cabeza, que no te detienes a pensar ¿estoy enamorado? Eso fue lo que pasó conmigo, pero no con el amor, sino con la escritura. No fue hasta el momento en que sentí una alegría indescriptible,

Así fue como empecé a devolverme en mis recuerdos, a tratar de unir cabos y terminé descubriendo que todo efectivamente comenzó cuando puse un pie en la universidad, cuando empecé con mis asignaturas de primer semestre y conocí el área de humanidades, un lugar en que me salía de mi mundo cuadriculado y me atrevía a ir más allá, en busca de algo que me iba dejando pistas sobre el camino al estilo Hansel y Gretel. El ir avanzando por la línea de las humanidades, el escuchar hablar a los docentes y notar esa actitud de querer sacar algo de nosotros, de hacernos mirar más allá del mundo por el cual a veces caminamos sin sentido, me fue apartando poco a poco de ese miedo irracional que tenía de expresarme y dar a conocer lo que pensaba y lo que sentía.

Desde ese entonces, los escritos que entregaba los hacía muy detenidamente, quería dejar un pedacito de mí en ellos, quería poder ir poco a poco destruyendo esas barreras que yo mismo levanté para ser capaz de plasmar la nueva manera en que estaba viendo el mundo, Adquirir la habilidad de escribir sin que alguien me lo dijera, sin seguir unas reglas para conseguir una nota, simplemente quería poder ser yo. Poco después, en una de estas cátedras se planteó escribir un cuento sobre la temática de cotidianidad, y se dio la posibilidad de participar en un concurso que estaba siendo realizado por la universidad. Para la clase se nos pedía que matizáramos el tema central con los conceptos de tecnología y realidad virtual que estábamos trabajando en ese entonces.

Ese día recuerdo que apenas acabe la clase salté del sofá muy emocionado y cogí un cuaderno viejo que tenía desde el colegio y empecé a escribir ideas que venían a mi mente, había visto Black Mirror y tenía claro cómo introducir la tecnología en el cuento, la trama fue un poco más difícil de establecer, pero me guie por alguien que alguna vez conocí, sobre sus costumbres raras y sus sueños peligrosos y sin más, me senté frente al computador y por un momento sentí que mis dedos tenían vida propia, comencé a escribir y todo fluyó de manera misteriosa, de un momento a otro había terminado el cuento.Se lo envía de una vez a la profesora, le escribí que quería participar en el concurso, que tenía miedo, pero que sentía que tenía la oportunidad para salir de mi zona de confort y experimentar cosas nuevas. El apoyo por parte de ella fue fundamental, y así revisé el cuento varias veces, después de leerlo y releerlo lo postulé.

Vaya sorpresa de la vida cuando me avisan que quedé finalista, estaba un poco escéptico, y tras una reunión con los demás finalistas, al escuchar sobre su historia escribiendo y su formación profesional me hizo sentir orgullo de hasta dónde había llegado, era como estar en la liga de los grandes. Ese día pensé que no iba a ganar, hasta que, en el momento de la premiación, mi nombre estaba en el primer lugar.

Sí, fui capaz de hacer honor a las palabras, de plasmar tantas emociones guardadas, y escribirle a esa persona que alguna vez fue, pero que no pudo ser.

Toronjil: Escribir se convirtió en un mantra para mí. No fue hasta la universidad que el monólogo de mi profesora de antropología hizo que me saliera de mis cabales y me detuviera un momento a pensar;Empecé escribiéndole a un destinatario fantasma ya desahogarme con la hoja en blanco. Así fui acumulando textos y guardándome todos mis sentimientos plasmados en palabras dentro de mi nueva muralla de acero. Redacté uno que otro escrito y lo presenté como trabajo de alguna asignatura; podría decir que solamente dentro del salón mis palabras tomaban forma y comenzaban a mutar en la realidad de lo académico; aun así, siempre me sentí ansiosa de que leyeran lo que escribía, si era solo el docente el que leería mi texto podría soportar la carga de la vergüenza.“¡Hay que ir en búsqueda!”, Aún recuerdo claramente sus palabras, ¿de qué ?, me preguntaba yo. Llena de timidez empecé a esforzarme por escribir para las clases de humanidades, “debería que mejorar mis habilidades” me empecé a decir; así que sin darme cuenta ya me estaban compartiendo el texto con alguno de mis amigos; “Era eso lo que había que buscar”, buscar aquello que te hace despertar de un salto en la mañana, aquello que no te deja dormir en la noche, aquello que no tienes que buscar, sino que te encuentra.

Qué tan importante puede ser la vida académica, la conversación en el pasillo, el monólogo de alguno de nuestros maestros y hasta la misma tarea para que veamos las puertas que están escondidas en lo cotidiano de la universidad. Tome la perilla, me llene de valentía y me di las patadas que me hacían falta para salir de mi reino amurallado, me tome en serio las palabras de Marisel Hilerio en su escrito Las sandalias negras. Ya no me iba a intentar guardar el sueño de escribir por temor a fracasar, ya no podía seguir esperando una oportunidad reveladora oa un mañana incierto, debería que luchar por mis sueños, tenía que atreverme elo; si llegar a escribir algo tan hermoso que hiciera que el corazón de las personas se acelerara quisiera que hiciera eso, escribir, pero también hacer que me lean;“Quizás este sea el día”.

Laura: Hace años, gracias a una de esas vueltas extrañas que da la vida, me encontré a mí misma entrando a un salón de clase. Ya no como aquella estudiante tímida que se sentaba siempre en los mismos lugares, con las mismas personas.No. Ahora, estaba en lo que muchos podrían llamar el otro lado. Recuerdo la sensación al ver que tantas caras, tantos ojos, estaban puestos en un mismo lugar. En ese momento pensé que no importa cuán preparados estemos, nadie puede describir lo que sucede en aquel primer instante.

Desde el principio reconocí que debía aprender mucho, identifiqué las voces de algunos que, valentía en mano, se atrevían a hablar y que con ello hacían que todo fuera mucho más interesante, mucho más bello. Con el tiempo comprendido que era justamente la palabra compartida, sentida y reflexionada la que nos conducía por los senderos donde el conocimiento tomaba formas inimaginables. No se trataba de mí hablando para mí, se trataba de hacer las preguntas correctas para que las y los estudiantes podrían soltar el hilo de la palabra y tejer un nuevo mundo.

Lentamente, debo decir, la literatura comenzó a entrar al salón de clase. Tímidamente leímos algunos cuentos, comentamos algunas cosas que nos parecieron interesantes, tratamos de ver textos y contextos. La poesía se volvió también una excusa para hablar del mundo y de la razón. Jorge Luis Borges y Fernando Pessoa aparecían de vez en cuando para hablar del rigor de la ciencia y abrir la puerta al lenguaje del ser. A ellos se sumó Agnés Varda, quien, con su lenguaje cinematográfico, nos decía dulcemente que las personas tenían paisajes en su interior. El clan se fue juntando y, cada uno a su manera, nos permitía ver un pedacito de aquello que algunos nunca habíamos visto, o que habíamos decidido callar por mirar hacia otro lado.

A pesar de ello, debo decir que pocas veces había pensado en pedir a los estudiantes que fueran ellos quienes dieran forma a los pequeños espacios en blanco que aún quedan en libertad. Un día, entre conversaciones con colegas, me enteré de un concurso de cuento que organizaba la universidad y que tenía como tema central la cotidianidad. Pensé que podía ser una oportunidad para movernos por laberintos silenciosos y marcar nuevos caminos. Y digo movernos porque en la soledad de mi cuarto también dedique algo de tiempo a este pequeño cuento. Claro, no deseaba, pero sabía que de alguna manera compartiría con ellos el espacio de la creación.

Los resultados fueron maravillosos. Algunos estudiantes se animaron, nuevamente valentía en mano, a presentar sus escritos. Algunos de ellos tenían experiencia escribiendo, otros manifestaban que era la primera vez que lo hacían y eso terminaba siendo aún más bello. Algunos textos increíbles superaban las solicitudes del concurso y valía que fueron direccionados a otros espacios donde las cuestiones de forma no fueron obstáculo.

Debo decir que en ese ejercicio reconocí verdaderamente a mis estudiantes. Sus voces estaban allí y entendí, es más, tuve la certeza, de que son ellos quienes labran el camino hacia otras maneras de entender la vida. Con ese pequeño ejercicio comprendí que en sus letras se puede pensar que otro mundo es posible. Recordé a Martha Nussbaum y sus reflexiones en torno a la justicia poética y la imaginación narrativa y la manera en que ello puede vincularse con la educación superior. Recordé su alusión a la imaginación como el camino hacia mundos interiores que son diferentes a los nuestros y que a simple vista no pueden ser identificados:

El arte de la narrativa tiene el poder de hacernos ver la vida de quienes son diferentes a nosotros con un interés mayor al de un turista casual, con un compromiso y entendimiento receptivos y con ira ante la forma en que nuestra sociedad rehúsa a algunos la visibilidad . En el proceso, el lector [y el escritor] aprende a respetar los aspectos ocultos de ese mundo interior. (Nussbaum, 2005, págs. 121-123)

Con Melissa y Élver nos encontramos en un pequeño salón de clases y ellos también eran tímidos. Al final, si es que se vale hablar de un final, Élver fue el ganador de ese concurso de cuento. Eva Melissa, una de las personas que había hecho de su cuento toda una geometría de la imaginación, buscó y construyó lugares en los que la vida de sus palabras no tenía límites. Hoy ellos siguen escribiendo. Son dos contadores dedicando parte de su tiempo a la literatura y eso es maravilloso. Ellos abrieron puertas y ventanas en un mundo que a veces parece casa cerrada, y con ello me tienen hoy también abriendo mis manos a este relato: gracias por eso.

Referencias
Murakami, H. (2005). Tokio Blues. Tusquets Editores.
Nussbaum, M. (2017). El cultivo de la humanidad. Editorial Planeta.

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* Laura Vivianne Bermúdez es docente del Departamento de Humanidades y Formación Integral de la Universidad Santo Tomás, Sede Bogotá. También es editora de Análisis. Revista Colombiana de Humanidades. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.. orcid: https://orcid.org/0000-0003-4503-8064
**Melissa Rojas. Estudiante de Contaduría. Universidad Santo Tomás. Sede Principal. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.
***Elver Beltrán. Estudiante de Contaduría. Universidad Santo Tomás. Sede Principal. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.

Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la Universidad Santo Tomás.
Revista Sol de Aquino. ISSN 2744-8487 (En línea) Número 20 (julio-diciembre de 2021)

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Sol de Aquino

Es una publicación interdisciplinar de carácter divulgativo, que nace en el año 2003 y tiene como propósito visibilizar ante la comunidad tomasina y la población en general, las experiencias derivadas de las actividades universitarias de la USTA y ligadas a las reflexiones sobre Sociedad y Ambiente.

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